“Pero una y otra vez, en más ocasiones de las que puedo recordar, de noche ya en la cama, o en la calle, o al entrar en mi aposento, allí está ella; hermosa, vital, con su familiar expresión, su conocida risa; más cerca que cualquier otro ser vivo, iluminando nuestras vidas sin rumbo como una antorcha, infinitamente noble y deliciosa para sus hijos”

Virginia Woolf / Momentos de vida

Mi madre ha muerto. Emprendo un viaje al pasado para buscarla. Buscaré a esa mujer que fue antes de mí y de mi hermano. Buscaré a aquella que existió antes de conocer a mi padre; intentaré acceder a esa porción de vida de los padres que le será siempre ajena a sus hijos. No es una persecución esto que hago. Tampoco una huida. Han sido lentos y tranquilos los pasos dados.

Para ir al encuentro de mi madre, construyo caminos de letras, puentes con letras, mundos enteros con palabras. Y con imágenes, porque desde niña la imagen me ha buscado incansable: dibujos, fotos, revistas, pantallas, collages. Iré tras los rastros que dejó mi madre regados por la vida. Los recogeré a través de objetos y de voces. Sobre todo, buscaré las huellas que mi madre dejó en otros; lo haré con los recuerdos que mis tías y tíos tienen de ella. Preguntaré a la madre de mi madre, que aún vive y a los amigos, amigas y novios que tuvo alguna vez mamá. Volveré a recorrer los lugares que mi madre recorrió cuando era más joven de lo que soy yo ahora. No iré, como hizo el hijo de Pedro Páramo, a Comala. No. La hija de Lucy dejará quietos a los muertos; volverá hasta su madre a través de los vivos. Asomará un ojo hacia el pasado. Escuchará silenciosa. Tomará nota atenta de todo cuanto escuche y vea. Sacará las fotos de todos los álbumes. Y volverá al presente con su maleta llena de voces. Volverá para darle una segunda vida a la mujer que fue su madre antes de tener hijos. Inventará otra vida para su madre.

Torcerá el destino, los tiempos, las posibilidades. La hija fecundará todos esos recuerdos reunidos: recortará, bordará, grabará, hará dibujos y trazará líneas de sentido. Traerá los materiales que crea necesarios para que el relato de su madre niña y joven cobre vida.

Otros motivos reposan detrás de estas ventanas. Un deseo inmenso de salvarme: un poco para eso escribo también. Para desterrar el recuerdo de los días oscuros que precedieron a la muerte de mi madre, para sacudirme la inmovilidad e impotencia de los últimos años en la casa de mi familia materna. Para quitarle el manto de agonía a la memoria de mi madre. Ha pasado un buen tiempo desde entonces, aunque a ratos parezca como si no: la carne viva, moscas rondando, gusanos que carcomen, elegías inmunes, imágenes extáticas, rezos, súplicas entre los brazos, piedras rotas, golpes secos, respiros ahogados, llantos, insomnios, ruegos, forcejeos, gargantas frenadas.

He decidido no enterrar ese tiempo bajo tierra para olvidarlo. Prefiero, en cambio, fundar otro recuerdo para mantener viva la memoria de mi madre. Y libre. Le reinventaré un pasado. Preguntaré lo que jamás se me ocurrió preguntarle en vida. Desataré todas las preguntas que nacieron cuando mi madre se fue. Haré todo lo que antes no pude o no supe hacer.

Los padres tuvieron siempre una vida antes de sus hijos. Pocas veces tenemos esto en cuenta. Cuántas cosas guardadas del pasado de una persona. Qué cantidad de kilómetros añadían a mi madre todas las cosas que calló, cuán lejana la hacía todo aquello que nunca supe de ella. ¡Hasta dónde llegaría el dolor del pozo de su alma! ¿Cuánta lama cargan los sueños dejados a un lado por dedicarse a construir una familia? Y qué tipo de caparazón debe crear la piel para aguantar el golpe de una realidad edificada con montañas de frustración.

Dos cosas me quedan hoy: la certeza de no haber sabido nunca leer a mi mamá y el consuelo de haber intentado comprenderla al final de sus días. Y de haberla acompañado. Qué privilegio poder iluminar la imagen de una persona con algunos de sus rostros pasados. Cuánta vida y explosión de movimiento genera la muerte: cuántas preguntas y deseo por responderlas.

Ningún final definitivo para esta historia. Muchos inicios. Tan sólo la decisión clara de escalar el duelo, este duelo que nació con la muerte de mi madre. El camino hacia ella no hace más que revelarme pasos para llegar hasta mí. Aún después de muerta sigue ayudando a construir aquello que soy. Y sigo. Me visita en sueños. Cuánto la quiero: ¡imposible conjugar el verbo en pasado cuando pienso en ella! Avanzo con ritmos discontinuos. También con pausas y silencios que se estiran. Y entre más clara es la invención del personaje de mi madre, más borroso es el recuerdo doloroso que tengo de ella. No paro. No aún. Me reviso. Descubro cuánto de ella habita en mí y cuánto de mí pongo en ella cuando escribo. Fue mi madre quien me enseñó a escribir. La llevo en los gestos de mi mano. También en los trazos fuertes de mis huesos.

En mis clavículas pronunciadas puede verse la silueta de mamá. No en la forma de la cara ni en mis rasgos duros. Sí en la manera en la que busco una palabra en el diccionario. Tengo sus abrigos –que me pongo a veces– y sus mismos brazos largos. El pelo grueso y abundante. Un corazón abierto al mundo. Prefiero llevarla así, puesta en lo que soy. No más hablarle ni prenderle velas. Llevar sí, en mi pecho, la antorcha que ella encendió y que se mantiene viva. Y el grito de mujer. Es hora de dejarla descansar.