Escribo de Lucile con mis ojos de niña que creció demasiado deprisa, escribo ese misterio que siempre fue ella para mí, a la vez tan presente y tan lejana.
Delphine De Vigan / Nada se opone a la noche.
Noviembre 26 de 2012
Hablo de ella. De una cama. De unos huesos casi sin carne al final. De una boca que, entrada la tarde, sirvió sólo para emitir sonidos primarios. Hablo de unos ojos secos, de una mirada imposible de fijar. Hablo de mi madre que era toda reservas. De ella quien a muy pocos dijo lo que sentía.
De ella que parecía perfecta, altiva y fuerte pero que cualquier día, en casa, en un momento de ira, se desbarataba y gritaba hasta volverse sólo llanto. Hablo de esa parte que pocos conocieron, de esa Lucy con la que sólo mi hermano, mi papá y yo convivimos: nadie más la vivió de ese modo.
Por eso hablo yo. Yo que, sin motivo aparente, reviento cualquier día y lloro como una niña y la recuerdo a ella que sí tenía razones para llorar, a ella que tenía que levantarse cada día soportando el peso de tantísimas personas a su cargo.

Desde la claridad que regala la distancia me hago una y otra vez estas preguntas: a mi madre, ¿Quién la consentía? ¿Quién le daba apoyo? ¿Cuándo reposaba el yunque de sus días?
Diciembre 2 de 2013 / Residencia en la tierra. Montenegro, Quindío.
El dolor estuvo de visita en mi familia. Se aferró a mi madre, tuvimos que ver cómo se la iba consumiendo. El dolor crecía y mi madre se iba disminuyendo. El dolor se alimentaba de ella, la exprimía. Las fuerzas de mamá aniquiladas. Se hizo trozos. Luego polvo. Humo. Cenizas.
Todo se nos volvió terrible.
Durante el tiempo que siguió a la muerte de mi madre todas las imágenes que de ella vivían en mí eran letales. Cerré mis cuadernos. Hice un gran silencio y me agarré de él con las uñas.

La punzada seguía viva, podía sentirla haciendo nido en mi corazón. Necesitaba construir otro recuerdo. Necesitaba borrar el sabor doloroso de los últimos años. Necesitaba lavarme el horror que tenía pegado en el cuerpo. Mamá merecía que se le recordara de otro modo. Mamá, cuya vida había sido mucho más que los días de enfermedad.
¿Y qué era lo que mamá había sido?
El día de la cremación y durante los meses siguientes se me acercó mucha gente a hablarme de ella.

¿Quién era ese personaje del que me hablaban? ¿Reconocía en él a mi mamá?
Mi madre
sin hijos aún
Del álbum saltan
hasta mí
todos sus anhelos
Noviembre 26 de 2012
Hablo yo porque ella ya no puede hablar.
Y si pudiera ponerme su boca para hablar, lo haría. Pero de ella ya no queda voz ni boca. Lo más cercano a ella que quedó en la tierra somos mi hermano y yo.
Hablo yo que tengo miedo. Miedo de repetir su historia. Miedo porque alguna vez me vi haciendo su papel, el papel de mujer abnegada que tanto critiqué. Tengo miedo de mí. Miedo de repetir su historia. De repetirla y no saberlo. Miedo de repetir sin darme cuenta. Repetir mientras creo que invento mi vida y la gobierno. Miedo también de que en mi cuerpo esté dormida la enfermedad que se tragó a mamá. Miedo de que haya cosas irreparables en mí y de que un día se despierten, condenándome al silencio, a la quietud, a la imposibilidad. Miedo de la enfermedad que va moliendo la vida hasta simular la muerte cuando aún se respira. Miedo a encarnar el horror, el horror en mí, el horror para quienes me rodean.
Diciembre 5 de 2013 / Residencia en la tierra

Escuchar. Enterarme sobre la vida de mi madre en su juventud.
Escribir para pensar sobre lo escuchado. Escribir para intentar comprender, para digerir. Escribir para no olvidar. Para moler los secretos.
Rasguñar lo escrito, sólo las palabras nocivas, esas que mamá escondió toda la vida. Las palabras que la enfermaron. Podridas. Descompuestas. Sacarlas arrancarlas del texto. Dejar el espacio en blanco (justo como hizo mi madre). Continuar viviendo como si no existieran. Como si no hubieran existido nunca. No borrarlas: imposible. Arrancarlas dejando la huella del desgarre tras de sí. No con corrector: imposible. Cercenar un pedazo del texto, fracturarlo. La cicatriz habrá sido, entonces, escrita. Y el secreto, guardado.

Diciembre 13 de 2013
Nunca
Nunca
Como si me acabaran de presentar esa palabra que tan mal he usado durante toda la vida.
Cuántas veces pronuncié nunca sin saber lo que decía nunca nunca nunca y ahora aparece con su severidad. Transparente nunca. Nunca como un golpe seco nunca, contundente nunca, nunca más su voz. No más el tronco grueso que sostuvo al fruto, del que se agarraron la rama y la raíz nunca; nunca más la sombra fresca, sí, pero también avasallante que no deja ver el sol nunca, nunca, nunca más el sí de siempre nunca.
De ahora en adelante mis días, hasta el último, tendrán un nunca hecho de carne: nunca más volveré a verla nunca abrazarla nunca el calor de su cuerpo ni la tibieza nunca de su corazón ni las risas infantiles nunca. Un nunca acuñado en mi vida, prueba tajante de lo que ya no está, de lo que no será, encarnación de un jamás que ha hecho nido en la sala de mi casa, en mi mesa de noche, en todos los bolsillos de mis pantalones, en la billetera, en la silla del bus nunca.
Nunca lanzado con la cadena de la contundencia por el hecho de no haber sido elegido nunca. No un nunca más volveré a fumar, nunca lo perdonaré, nunca volveré a hablarle, no. No se trata de esos nuncas menos implacables, retorcibles, maleables. Este es un nunca recto, horizontal y expansivo. Irrompible nunca. Nunca que golpea como hierro en la cara y en los huesos y en lo más profundo de la piel por siempre nunca.
Julio 19 de 2013
Y pensé, ¿no podrían los hombres morir como mueren los días?
Así, con pájaros cantando, sin sobresaltos,
y la claridad líquida cristalina en todo y el fresco suave fresco,
la brisa leve temblando en las hojas pequeñas de los árboles,
el mundo inerte o moviéndose tranquilo y el silencio creciendo natural,
el silencio esperando, finalmente justo, finalmente digno.
(José Luís Peixoto / Te me moriste)
Abril 9 de 2014
Un día le regalé un cuaderno a mi mamá, convencida de que era el silencio el que la estaba enfermando. Pensaba que escribir podría salvarla. Era tarde ya pero, ¿cómo saberlo?
Su pulso no era el mismo: temblaba para servir un café, temblaba para meter la llave en la cerradura y le costaba mucho escribir. Su letra, que alguna vez fue pulida, se volvió torpe y descolocada. Dificultad para mover el lápiz. Dificultad para decir.

(Diciembre 26 de 2007. Llegué de Bogotá antes de las doce del día 25. En este instante son las 12:42 am. Me encuentro en mi casa en la mesa del comedor con mi hijo Carlos Arturo y me dispongo a comenzar mi diario como un regalo para mis hijos cuando no esté y para conocerme mejor:)
Acercarme a sus letras, a sus escasas memorias, me pareció, desde el primer momento en que lo hice, un ejercicio doloroso. Era presenciar su deterioro, hacerlo visible. Mi madre estaba marchita. Se sentía olvidada.

(Siento a ratos que me quieren mucho, mi familia, y a ratos siento que es lástima y siento rabia porque me siento menospreciada. De mis dos hijos, el mayor tesoro que Dios me ha dado, no tengo ninguna duda respecto a su amor, tengo más afinidad con Carolina por ser mujer y en muchas situaciones nos parecemos mucho: ambas somos muy impulsivas.)
Vuelvo a su cuaderno como si volviera a ella, a esa etapa tristísima de su vida en la que yo veía impotente cómo se desmoronaban todos los cimientos sobre los que había edificado su fuerza y su identidad.

(NO PUEDO OLVIDAR quién soy. Que este es mi manifiesto de vida. La guía de mi batalla más importante: “luchar por mí”)
Marzo 20 de 2016
A casi un año de la muerte de mamá, supe que necesitaba hacer algo con mi duelo. No más escribir en silencio. No más leer lo escrito a solas. No más macerar el dolor sin buscar un remedio para convertirlo en otra cosa. Decidí que escribiría una novela. Una pregunta me rondaba:

En diciembre de 2013 llegué a la Residencia en la tierra a desarrollar un proyecto de creación para las Residencias artísticas nacionales del Ministerio de Cultura de Colombia: volvía sobre mi duelo y sobre el recuerdo de mi madre para hacer literatura.
Fue así como nació “Retratos vivos de mamá”.
Julio 27 de 2013

El cuerpo blanco de mamá marcado por cicatrices: cesáreas en el bajo vientre, huellas de un cateterismo en su ingle, rastros de la herida que le hicieron para sacarle el útero por el que el cáncer había empezado a entrar. Pero, sobre todo, recuerdo la línea rosada y con queloides que atravesaba su tórax: empezaba arriba del ombligo y subía casi hasta llegar al cuello. Por allí le remendaron el corazón dos veces. Pero a mamá el corazón le siguió doliendo hasta el último día de su vida. Por lo menos eso me pareció siempre.
Diciembre 5 de 2013 / Residencia en la tierra
Llevo 3 días en la Residencia en la tierra. Noches lluviosas y tardes enteras con sonidos de chicharras. Hoy empecé la recolección de testimonios y material sobre mamá. Hablé con mi tía Estela, a mi juicio la hermana más cercana que tuvo: cómplice y amiga. Empiezo a hacerme una imagen de ese personaje desconocido que fue Lucy antes de ser mamá. Encontré información reveladora. Conocí pedazos de la vida de mamá que jamás hubiera imaginado. Aún no sé qué hacer con lo que voy encontrando. Mi tía me dio nombres y pistas para continuar la búsqueda. Me llené de historias de la juventud de Lucy.
Recuerdo que un día hablé con mamá sobre la época en la que vivió en Marsella (Risaralda). Allí tuvo su primer trabajo como Juez Municipal de la República. Era la primera vez que salía de su casa. Le costó vivir lejos de su familia. Sufrió de insomnio crónico. Tomó medicamentos para dormir. La pequeña habitación en que vivía debió haberle parecido inmensamente silenciosa y vacía.
Mamá le temía a la oscuridad, a las mariposas negras, a los ratones, a los bichos. Había salido de su casa para iniciar su vida de mujer adulta, independiente y responsable. En la casa paterna había cinco hermanas y dos hermanos más, todos menores, a quienes debía ayudar a educar. Mi abuelo Jesús hacía años que se había quebrado, así que mi mamá y mi tía Inés fueron quienes continuaron sosteniendo a la familia.

Entre susurros y paredes escondidas mamá tomó una de las decisiones más difíciles de su vida. Se abrió una grieta. La grieta se extendió por su cuerpo que parecía inmune al dolor. Las grandes enfermedades no pudieron con ella: ni la púrpura trombocitopénica, ni el cáncer, ni el escape en su válvula aórtica, ni los cálculos en la vesícula, ni la parálisis supranuclear progresiva. En cambio, aquella grieta se extendió como un hilo fino e invisible sobre mi madre, apretándola, robándole el aire y limitando sus movimientos durante todos los días de su vida.
Diciembre 4 de 2013 / Residencia en la tierra – Montenegro, Quindío.
Mamá cercenó muchas cosas de mí. Tardé un buen tiempo en recuperar lo que me había quitado. Ahora sé que lo hizo con amor, pero lo hizo. Igual que su madre lo hizo con ella y con sus hermanas, repitiendo la castración que las madres realizan a las hijas pensando que es la forma adecuada –la única forma– para ayudarlas a “convertirse en mujeres”.
Pero es mentira. Hoy lo sé.
Enero 15 de 2013
En este diario queda escrita la transformación y el modo en que el recuerdo de mamá va mutando; la asimilación de la muerte, de su muerte. Aquí intento fijar el movimiento de mi duelo. Aquí plasmados también los ritmos de creación de estos “Retratos vivos de mamá”. Y muchos de sus latidos.
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Marzo 6 de 2014
¿Qué de mamá conservo, qué rechazo, qué de su imagen me encadena? ¿cómo quitarme las mordazas si ni siquiera sé muy bien cuándo me las puso? Siento el cuerpo apretado, la soga invisible atada a mí. Y una linterna de miedos, también miedos en un costal roído por los años.
Heredé sus miedos, muchos de ellos. Desde que era muy pequeña supe leer en su rostro la tristeza, la insatisfacción, el llanto callado de mamá. Y siempre asocié ese paisaje triste (el paisaje en el que yo solía verla) a nosotros, a su vida de familia.

Diciembre 4 de 2013 / Residencia en la tierra – Montenegro, Quindío
Vuelvo a leer la única carta que nos escribió mi madre a mi hermano y a mí. Nos la envió a Bogotá un año después de que hubiéramos empezado la universidad.
Lloro ríos de recuerdos mientras descubro que he venido aquí, a la Residencia en la tierra, a sembrar. Un duelo –el mío–, hecho de un dolor que no se apaga, es el abono.
He empezado por cortar la maleza, por remover la tierra.

Estoy removiendo la porción de tierra que de mi madre hay en mí. Es un territorio extenso, amplio, riquísimo, pero es monte por donde se lo mire. Y hay muchas zonas oscuras.
Junio 16 de 2013
Lo que tengo por decir pocas veces es calmo. Hierve adentro y cuando sale quema los bordes de las hojas en que escribo. Por eso tan sucio siempre mi papel: las pavesas le dan sombra a todo intento de escritura.
La garganta un horno. Yo, piedra caliza que pone resistencia, que pule, suaviza y se quiebra al mínimo golpe. Un cuerpo hecho de sedimentos de épocas pasadas. No soy otra cosa que un compuesto de los restos de millones de organismos que me precedieron, hembras y machos. Pero el grito, el grito es de las hembras que aún tienen vivo el eco del mucho silencio del que se han alimentado durante siglos.
Diciembre 11 de 2013
A Martha Arroyave la conozco desde siempre. Es la esposa de mi tío Francisco, uno de los hermanos mayores de mamá. Mi tía Estela me recordó que Martha fue una amiga muy cercana de mi madre. Estudiaron juntas y eran vecinas. Por eso llegué a Martha hoy. Y ella me abrió las puertas de su casa y de sus recuerdos.

Gracias a Martha Arroyave me enteré de que cuando mamá vivió en Marsella estuvo a punto de casarse. Nunca nadie había mencionado ese matrimonio no realizado. Mamá jamás lo nombró. Sus razones habrá tenido para cerrar esa puerta de un modo tan hermético.
Busco ir hasta el fondo, llevar una vela, un reflector que muestre algo de lo que le ocurrió en esa parte brumosa del pasado de mamá. Decido quedarme solo con las preguntas que me lleven a abrir puertas, que caben túneles, que derriben paredes enmohecidas. Nada que perpetúe el óxido.
Tan sólo he hecho dos entrevistas y el personaje inspirado en mamá empieza a cobrar forma. He pasado horas transcribiendo las historias que me cuentan. Y poco a poco empiezo a distanciarme: dejo de ver a mi mamá con los ojos de la hija y me permito descubrir a esa otra. Una mujer con una vida compleja y contradictoria, con todos sus sueños palpitando: unos bajo el sol, otros en la oscuridad.
Mayo 15 de 2014
Recuerdo.
Santa Rosa de Cabal. La plaza de las doce araucarias. Mi hermano y yo hipnotizados por los globos de colores que sostiene un hombre a lo lejos. Papá se acerca al hombre y regresa con dos globos. Mamá sonríe. Nuestros ojos incrédulos. Al instante, entre mis manos, la alegría de saberme llevando de la mano, yo, tan pequeña, algo que volaba por encima de mis padres.
Muy pronto mi hermano suelta el globo. Y fue todo emoción al ver cómo se escapaba hacia las nubes. La mirada de todos puesta arriba. Nos quedamos un buen rato viéndolo volar, improvisando su baile con el viento sobre un fondo azul adornado con nubes densas.
“Su turno”, dijo mi hermano mirándome con entusiasmo.
En mi pecho, el miedo. Dudo unos segundos para soltar la pita: la veo escabullirse entre mis manos. En mi suspiro para contener las lágrimas se juntaron la caricia de la madre, la sonrisa renaciendo en mi hermano y el padre alzándome para que mirara la partida del globo desde lo alto.
Sentada en los hombros de papá, lloré. Le dije adiós con la mano al globo. La familia entera era gozo en ese instante, ¿cómo podía yo querer el llanto? Y, sin embargo, ocurría.
Toda la pequeñez de mi alma llena de una dicha triste.
Junio 13 de 2013
m-a-m-á.
Esa palabra no nacerá más que en mi boca y se quedará allí para jamás volverse acto. No podrá ser en mí ni dentro de mí. La tendré en mi boca, sí. La cuidaré entre mis manos, la escribiré sobre todas las superficies que conozca para no dejar que muera. Pero no será en mí.
Diré mamá hasta la muerte desde la orilla de la hija: nunca en la playa de la madre.
Pronunciaré madre como quien dice luna: la miraré del mismo modo. Jamás el viaje hasta la noche las estrellas siempre desde lejos mis pies plantados sobre el suelo fértil sin las ansias locas que en mi vientre no llegaron a nacer.
Julio 13 de 2016
Hasta en sus hermanos, cuando hablan de mamá, prevalece el recuerdo de la mujer elegante y acicalada en la que se convirtió en los años de universidad. Nadie menciona a la joven de pelo a la cintura y de vestidos desaliñados o pantalones sin gracia. Creo que su cambio físico la llenó de confianza. Esa transformación tuvo eco también en quienes la rodeaban. Se sentía más segura montada en esa mujer llamativa que traspiraba buen gusto. Fue allí donde logró desplegar su personalidad. Desde ese lugar se hizo Juez de la República. Así se quedó guardada en la mente de sus más cercanos y de los que apenas la conocieron.
Mi madre era esa mujer de modales femeninos y suaves que, a la hora de necesitarlo, podía sacar toda su fiereza. Una mujer firme, intachable. Esa que con sus tacones quedaba midiendo un metro ochenta y que hacía sentir sus pasos adonde llegara. La mujer inquebrantable a la que alguna vez sus compañeros de fiscalía llamaron La dama de hierro. Esa fue también la Lucy que yo conocí.
Abril 1 de 2012
"Todo esto se fija en la mañana perpetua fúnebre que me sostiene y me impide siempre olvidar."
José Luís Peixoto / Te me moriste
Noviembre 26 de 2013
Voy al fondo de mí misma a través de mi madre muerta.
Escalo en bajada para encontrar la tierra en que mamá y yo dejamos de ser madre e hija para ser una y la misma.
Mujer joven, mirada al frente, paso firme. El cuerpo erguido; orgulloso y sano. Los pies tocando el suelo. Una mujer con cuerpo enraizado. La vida aferrada y hablante entre la hierba. Oídos regados por toda la piel, sobre todo en el pecho, en el centro mismo, donde más fuerte se escuchan los misterios.
Febrero 18 de 2013
Aparece una voz de mujer en todo lo que escribo cuando escribo sobre mi madre. O por lo menos en casi todo. No le temo, no la evito, no intento atenuarla: antes bien, la dejo hablar. Y la escucho atenta.
Diciembre 15/2013
María Inés Jiménez Delgado
Mi tía Inés es la segunda hija de mi abuela y la décimo segunda de mi abuelo. Ha sido siempre como si fuera la mayor de la casa. Y fue para mi mamá, en sus últimos años de enfermedad, como una madre.
Hoy pasé la tarde hablando con mi tía Inés. Nuestra charla me llevó a su época de infancia junto a mi mamá: se llevaban dos años de diferencia. Crecieron muy unidas. En los recuerdos de mi tía, mamá aparece como una niña miedosa, tímida y vulnerable. Y muy malgeniada también.
Gracias al carácter recio de Inés, la pequeña Lucy sobrevivió sin problemas. En especial en la época en la que estudiaron internas en Pijao: mamá recordaba esos días con mucha gratitud hacia mi tía Inés, quien en más de una ocasión se ganó castigos por lavar los platos que tenía que lavar mamá o por acompañarla en las noches hasta que se durmiera. Lucy le tenía pavor a la oscuridad.
Marzo 6 de 2014
Mamá se alza sobre mí. Proyecta su luz y su sombra en su hija mujer. Mamá está muerta.
Nada por salvar ahora. O tal vez.
Salvar el cuerpo de su hija. Salvar a la niña, no a la mujer adulta. La niña sigue allí, sobrecogida y extenuada, culpable por no ser capaz de quitarle a su madre tanto peso.
Corro para hacer algo por esa niña. Siento compasión por aquella niña que se compadece de su madre. Sabe que su madre oculta un gran dolor. Ignora cómo ayudarla
La niña guardó mucho silencio. Asfixió todas las palabras que fueron algún día. Imitó el comportamiento de su madre. Se volvió un cofre, perdió la llave.
La madre se ha alzado, después de muerta, a la vida. Por eso en la vida de la hija la dimensión de la madre se hizo mayor. Su ausencia: mayor. Su dolor: mayor. Su enigma: mayor.
Crece. Y florece.
No sé lo que busco. Escribo para saberlo. Y mientras escribo, siento cómo sanan nuestras heridas.
Diciembre 3 de 2013 / Residencia en la tierra (Montenegro, Quindío)
He llenado todos mis álbumes viejos con fotos nuevas de mamá. La miro a los ojos. La busco segura de que la última página de este diario estará casi quemada de tanto sol de enero. Y la brisa y el cielo azul y todo alrededor estará despejado para poner sobre su recuerdo estos retratos vivos.
Espero que el tiempo haya dado la vuelta cuando salga de este “Cuarto oscuro” en el que entré para encontrarme con mamá. Saldré cuando haya revelado la última foto de su juventud y de su infancia, cuando haya vuelto a inventar su historia. Entonces, mi madre habrá vuelto a nacer.
Enero 3 / 2014
Fernando Jordán
La primera vez que oí hablar de Fernando fue unos años después de que llegamos a vivir a Armenia. ¿Tendría yo siete años? ¿Nueve? Supe que era un ex novio de mamá, alguien a quien ella realmente quiso. Hoy, al hablar con él, quedé marcada por la presencia de lo paradójico, lo extraño y lo terrible. ¿Cómo es que algunos, como Fernando Jordán, pintan a mamá pura alegría, sonrisa, dicha y ternura, mientras yo la recuerdo dura, seca y triste? ¿En qué momento perdió mamá esa jovialidad?
No quería a mamá triste, no a mi mamá, no a Lucy. Yo la quería radiante. Así era como más me gustaba verla, pero esa versión de ella era esporádica. Con los años le fue saliendo una cáscara dura y áspera, como la corteza que producen algunos árboles que hacen imposible una caricia o un abrazo.
Febrero 12 de 2014
“punctum es también: pinchazo, agujerito, pequeña mancha, pequeño corte, y también casualidad. El punctum de una foto es ese azar que en ella me despunta (pero también me lastima, me punza).”
Roland Barthes / La cámara lúcida

Nostálgica sorpresa.
Revisando mis álbumes de infancia, una foto llamó mi atención. La arranqué. Me encontré con unas líneas que mamá había escrito por detrás:

(Su mayor felicidad es que la lleven a la ciudad de hierro y la monten en los caballitos; para sacarla hay que armarse de paciencia pues llora desconsoladamente; aquí pueden verla, ella como si nada, su expresión es de satisfacción; en cambio yo a punto de marearme.)
Julio 22 de 2013
Durante muchos años le tuve miedo. Y rabia. Cuando se llenaba de ira, se transformaba: desaparecía la voz suave y pausada, se esfumaban sus movimientos precisos y elegantes. Mamá se convertía en otra y, a esa otra, yo no la quería. Todo era en ella grito desmedido, frenético. Sobre todo había violencia desbordada en cada gesto, en cada palabra, en cada movimiento.
Recuerdo el dolor cuando me apretaba el brazo para reprenderme: yo, la niña pequeña, asustadiza, callada y frágil, mientras mamá cascada inmensa de ira volcánica, una ira que yo solo comprendería años después como reflejo de sus frustraciones, de sus sueños incompletos o esfumados y del horizonte cada vez más lejano de la vida que alguna vez soñó tener.
La vida que llevaba se alejaba de las historias de palacios y de reyes que seguramente poblaban su imaginario. Mamá fue lectora incansable de Los reyes malditos. Mi madre, una Madame Bovary más de tantas que han existido. De tantas que aún existen, almibarando sus sueños con la idea de alcanzar una vida que solo es posible en la ficción.

Marzo 18 de 2013
Puesta en su cama como la foto de un álbum (pero viva). La risa de la muerte merodea. No llega. Mamá condenada a vivir como una estatua. Si se la mira detenidamente se puede ver cómo respira o emite algún sonido. Sonidos suaves y atroces a la vez. No palabra, no grito, no queja, no reclamo.
La punta de los dedos, morada. Todas las coyunturas de su cuerpo moradas también.
Los ruiditos que hacía mi madre se fueron apagando hasta hacerse mudos. Nada más verla para sentir el estremecimiento inmóvil que la cubría. La impotencia y el dolor amontonados. Tiempo de espera y de resignación. Mi madre pozo profundo y olvidado. Todas sus fuerzas marchitas por su temprana enfermedad.
La piel se le fue cubriendo con un manto gris. Del púrpura al gris.
Mamá se fue despacio. Se deslizó poco a poco hasta salirse de ese cuerpo inerme para entregárselo a la muerte y dejarlo tendido en la cama de la casa de mi abuela.
Enero 10 / 2014
Isabel Londoño.
Isabel fue una de las grandes amigas de mamá en sus primeros años de universidad. A mí me encantaba ver a Isabel porque era alegre y arrebatada; un huracán. Hacía un gran contraste al lado de mi madre, siempre tan medida, tan bien puesta y reservada.
Hoy pasé varias horas con Isabel hablando sobre “Lucito”, como ella le dice. Y noté la falta inmensa que le hace su amiga.
Un gran hallazgo en esta charla: la transformación de mamá. Ella no fue siempre la mujer chick que conocimos. En su juventud fue tan despreocupada por su apariencia como lo fui yo en la mía
¿Por qué entonces sus constantes recriminaciones contra mi desprecio por el maquillaje o por mi negativa a usar tacones?
Fue Isabel la que impulsó ese cambio de look de mi mamá: la llevó al salón de belleza, fue su cómplice en la construcción de esa mujer fatal y elegante que se volvería esencial en su identidad.
Lucy misterio inabarcable. Con cada cosa que voy conociendo de ella, se ensancha mi imaginación. Y crecen mis ganas de crear.
Enero 31 de 2013
Navego. Me ahogo a ratos en este intento de novela. Floto. Escucho mi respiración. Debo buscar mis propios puntos cardinales. El camino es largo aún. ¿Alcanzará mi aliento?
Una mujer que crea. Una mujer que escribe. Con su escritura, pinta. Por lo menos eso quiere hacer: sacar retratos vivos de su madre.
Diciembre 16 de 2013

No he vuelto a soñar con mamá. Tengo fotos suyas por donde quiera que mire: he sacado varias copias. Las rayo, las recorto, las pego. Así me voy alejando del recuerdo doloroso de los últimos días.
Voy transformando mis propias memorias, ocupando su espacio con las imágenes de un nuevo álbum.
Mi corazón se hincha cuando pienso en ella. El dolor ha ido mermando, se esconde detrás de la montaña y tras él se va la luz nostálgica que todo lo abraza. Puedo ver cómo atraviesa el paisaje volviéndolo silueta. Veo los guaduales alzándose a contraluz hacer movimientos casi imperceptibles de la mano del viento.
Atardece el duelo. Atardece para abrir paso a la noche. Una noche que no trae oscuridad. Vienen luna, voces de chicharra, grillos. Oleadas de luciérnagas. El silencio encendido por las estrellas más remotas. Escucharé la noche y velaré el cielo desde mi ventana.
Diciembre 5 de 2013 / Residencia en la tierra – Montenegro, Quindío.
De mis padres heredé la fuerza, el empuje, la fe; todo aquello que me moviliza e impulsa. De ellos traigo esa información que me emparenta con los organismos autopoiéticos, esos que tienen la propiedad de hacerse continuamente a sí mismos.
Por eso aquí
hoy
removiendo la tierra.
He venido hasta el Quindío para hacerlo. Aquí nació y creció mi madre. Aquí vivió y murió. Todos los yarumos, guaduales y guayacanes me hablan de ella.
Cojo el azadón y la pala como mi padre me enseñó en el patio de una de las casas en las que vivió mi abuela. Reviento las raíces y las pico. Trozo el pasto, la hierba que llaman mala pero que se convertirá en abono. Escarbo. Remuevo. Me encuentro con lombrices, gusanos, cochinillas y toda clase de bichos. Unos mueren. Otros sobreviven. En unos meses habrá cosecha. O a lo mejor tarde años. Por ahora, continúo removiendo. No pienso parar.
Agosto 17 de 2014
Hoy encontré unos dibujos que hizo mamá recién llegó a vivir a Bogotá. Acabábamos de enterarnos de su enfermedad. Aunque no teníamos un diagnóstico aún, ya una nube de anomalías cubría el cuerpo de mi madre.

Mi hermano le regaló unos colores. Mamá siempre había sido buena dibujando. Al hacer sus primeros trazos encontró que su habilidad se había mermado de manera agigantada. Intentó dibujar y colorear una y otra vez pero los resultados la llenaban de pánico. Mi hermano quedó devastado. Mamá se lanzó a llorar sólo con ver los dibujos. De repente mamá ya no era dueña de sus movimientos.

Febrero 24 de 2013
El personaje de Lucy se me ha vuelto inmenso conforme avanza mi búsqueda. Mis bitácoras, llenas; archivos de audio que duran horas; tardes enteras transcribiendo entrevistas para digerir el material. Es como si estuviera conociendo a otra mujer. Esa mujer me inspira de un modo en el que jamás mi madre me inspiró. Todo este trabajo ha sido el punto de partida para crear una historia más allá de este diario que a veces me parece tan cargado de angustia y de dolor. Hoy sé que necesito abrirle paso a la ficción. No más lamentos.
Junio 16 de 2014
Inés Delgado de Jiménez
Mi abuela tiene el pelo blanquísimo. Desde que la conozco es así. Mis canas jóvenes vienen de ella, como lo hicieron las canas de mi madre.
Conversé con mi abuela toda la tarde. Pero es poco lo que recuerda de mamá en su niñez y juventud. Y se entiende: cuando se casó con mi abuelo, éste había enviudado, y mi abuela llegó a una casa en la que ya había diez hijos. Ella parió diez más. No debe ser fácil recordar entre esa multitud de gente y de obligaciones.
Mi abuela respondía un poco insegura a mis preguntas mientras mi tía Inés la corregía o ampliaba la información. “Lucy era muy enferma desde pequeña: no se le podía asustar”, repetía mi abuela a cada rato. Eso y que Lucy era rellenita de pequeña, “muy linda, toda cachetona”. Hasta el final insistió en que Lucy fue la más nerviosa de sus hijas. Así que de niña y hasta adolescente sus padres fueron muy condescendientes con ella: no dejaban que los hermanos la molestaran ni la asustaran porque su salud estaba en riesgo. Con ese estado de excepción creció Lucy.
Diciembre 3 de 2013 / Residencia en la tierra
No se cansa el cielo de llover. Este día de escritura en el diario parece un espejo en el que expongo mi pecho.
No para de llover. No escampa.
No es que llore mucho. Lloro más bien poco. Pero no escampa. Hay días, muchos y muy seguidos, en los que sale el sol. Sin embargo, no escampa.
La imagen dolorosa permanece: mamá en su cama sufriendo cada minuto durante sus últimos años. No escampa.
Diciembre 7 de 2013 / Residencia en la tierra
No quiero enterrar grandes secretos en mi vida. Se pudrirían. Y acabarían conmigo con el pasar de los años.
Mi manera de expiar los secretos será revelándolos, exponiéndolos, gritándolos.
Abrir el secreto, hacerle una disección, escarbarlo, mirarlo con lupa, proyectarlo en una gran pantalla en el espacio público. Justo lo inverso a lo que hizo mamá.
Aquí en la Residencia en la tierra acabo de conocer a Margarita Rosa Tirado quien, antes de irse, me dijo: “la muerte no existe. Ese tejido que estás armando, finalmente, es una forma de recoger la vida.”
He venido a recoger la vida de mamá. Y ella misma, su recuerdo en mí, es el motor, es aquello que le dará forma a mi novela.
No es pues la muerte lo que prevalece, es la vida imponiéndose; la vida haciendo que más vida brote.
Diciembre 3 de 2013 / Residencia en la tierra
A partir de hoy empiezo a descaminar la vida de mamá. Salgo de la mitología en la que la tenía para construir una nueva. Recorro sus días. Empiezo por su expresión dulce al morir. Continúo por el viacrucis que fueron sus últimas semanas. Me muevo hacia atrás: espalda recta, mirada altiva, pasos amplios hasta llegar al día en que mamá tenía la que edad que tengo hoy: mamá a sus 33 años con su hijo de cinco y su hija de cuatro.
Avanzo en esta marcha regresiva hasta pisar la época en la que yo no era ni siquiera un proyecto. Me detengo un instante en cada curva del tiempo. Tomo fotos de cada cosa. Hago un registro minucioso de los gustos de mamá, de la ropa que vestía, de los libros que leía y de los sueños que tuvo por aquella época lejana.
Agosto 21 de 2014

Escucho los audios de Fernando Jordán diciendo de mi madre “era un primor, un sol”. Me pregunto, ¿de dónde vino el soplo que apagó su llama? ¿Cómo nos vamos perdiendo a nosotros mismos con los años? ¿en qué momento ocurre? ¿A cuántas cosas debió haber renunciado mamá para cumplir su sueño de tener hijos y con la obligación de entregarse a su familia?
Junio 22 de 2013
La muerte fija el recuerdo que tenemos de alguien: le quita el movimiento, erradica el cambio implícito en la lógica de la vida y, por eso mismo, puede poner sobre ese fragmento congelado toda la luz, todo el foco, toda la certeza y precisión de un encuadre.
Entrar al cuarto oscuro ha sido encerrarme a solas con esa huella que dejó mamá y, con la paciencia y el fervor de una alquimista, volver a crearla fijándola en un nuevo sustrato.
Por fin puedo acercarme a ella sin sentir que seré aplastada.
Marzo 20 de 2014
Días de muchas ideas. En un océano de estímulos, la novela va creciendo rápido. Como un ser vivo.
Hace quince días pegué las fotos de mamá frente a mi escritorio. Así voy creando el ambiente. Ya no pienso en mamá como la persona enferma de los últimos años. Inevitable imaginarla activa, llena de vida y de proyectos. Sus fotos están cargadas de una atmósfera misteriosa: cuando las miro un relámpago me envuelve.

Gran parte de la historia de ficción que ha ido apareciendo me llega a través de imágenes y de colores. Así descubro que no quiero dejar de jugar, de divertirme y de experimentar. Todo esto me recuerda que estoy viva, que ya no soy más dolor.
Diciembre 8 de 2013, Residencia en la tierra, Quindío.
Hoy ha vuelto a llover sin tregua como el primer día. Lluvia que cae sobre el tejado. Truenos. Gallos que cantan. Charcos. En cambio, mi clima interior ha cambiado.
Hoy me he puesto a mirar las fotos de infancia de mamá que hace un par de días me regaló mi tía Inés. Un tesorito.

Mamá como una muñeca. En el cuello, un moño. Zapatitos blancos de correa. Bolso blanco. Así están vestidas mi tía Fanny y mi tía Inés también. Las tres iguales. Mi madre es la menor, aún no han nacido sus otros siete hermanos. Se ve muy seria, implacable, retadora. Tiene la misma mirada profunda que le encuentro a mamá en sus fotos de carnet.
Julio 21 de 2014
Todo un pedazo del pasado llegó a mí como un búmeran en la puerta del baño de un consultorio médico. Estaba haciendo fila. Se abrió la puerta del baño. Una madre encorvada se agarró con fuerza del brazo de su hija adulta. Una ráfaga me pulverizó. ¿Cómo borrar la tristeza que fue haberla vivido enferma? Ni después de muerta me acostumbro. Uno no se acostumbra a ver las ruinas de sus padres. Un taladro atravesando los huesos. Un alambre de púas incrustado en el pecho, oxidándose. No verlos caer. No a mi madre catedral. No a sus enormes huesos góticos. No a la escasa luz que solía atravesar sus ojos.
Ni ella misma pudo seguir viviendo en ese cuerpo que esculpió la enfermedad a punta del desmoronamiento progresivo de contrafuertes y pináculos. Tumbada la estructura, no quedó más que el territorio demarcado, el misterio de la vida allí vivida; lo más antiguo que fue ella antes de haber edificado muros, torres y portadas. Conocí entonces, por obra de una demolición, a la niña que fue mi madre y que volvió a nacer en ella durante su enfermedad.
Octubre 24 de 2014
Marina Jiménez Alzate y Gloria Helena Cárdenas Jiménez.
Mi tía Marina es una de los diez hijos del primer matrimonio de mi abuelo. Ella vivió varios años en Bogotá, cuando mi madre estaba terminando el colegio y empezando la universidad. He visto fotos de mamá, en Guatavita, visitándola: mi madre con mis primos Gloria Elena, Luz Marina, Patricia, Alfredo y Néstor. Hoy, escuchando a mi tía en la sala de su apartamento en Armenia, me enteré de que mamá iba a visitarlos con frecuencia. Por lo menos así lo hizo durante una temporada. Allí tuvo un novio que se llamaba Arnulfo Castillo. Era mucho mayor que mi madre y vivía fascinado con ella, dijo mi tía. Era un hombre inteligente, educado y un gran lector. Le escribía cartas a mamá desde Bogotá.
Mamá tuvo contacto con esta ciudad en la que vivo a través de ese noviecito de juventud. Desde esos años empezó a fantasear con que los hijos que un día tendría harían sus estudios universitarios en Bogotá. Allí veía mi madre un mundo amplio que, en Armenia, era casi inexistente.
Mayo 12 de 2014. Bogotá
Cuando la ausencia de mamá ilumina el cielo de mis días una sola sombra me acompaña. Es larga y se desprende de mis pasos. Junto a ella tomo estas fotos para recordar tardes sencillas jardines prudentes misteriosas alegrías de volver a verla. De saber que puebla andenes calles. Ventanas parques pasos voces. Que camina siempre al lado mío y que mi silencio guarda días cruces soledades de antes.
O la camaradería de ayer cuando en las tardes muchas, de pequeña, ocupé mis horas en barrer trapear la casa guardando la esperanza de que un día por lo menos lograra mi madre descansar después de un largo día de trabajo.
Y tus silencios, madre. De ellos no puedo hablar nombrarlos. Intentar leer como se lee un libro en otro idioma. Uno que desconocemos. Eso acaso. Tan poco siempre frente al vasto árbol que extendió sus ramas cuando por debajo amarraba sus raíces. Fuertes. Que hoy sostienen nuestros pasos.
Enero 29 de 2015
Preparando el website de Retratos vivos de mamá para que salga online.
Me derrumbo mientras busco los epígrafes que abrirán cada capítulo de esta novela. A ratos me olvido de que el origen de todo esto es que ella ya no está. La extraño. Lloro como la niña pequeña que fui alguna vez. Soy esa niña. Esa niña es enorme cuando tengo tristeza de mamá. Me sumerjo en la escritura para volver a organizar las cosas de mi vida como cuando, después del terremoto, todo el Quindío se volcó a recoger escombros, a limpiar y a construir de nuevo.
Hay un hueco en mi vida. Profundo. Llenarlo es imposible. Debo aprender a vivir con él.
“Y yo le prometí que vendría a verla cuando ella muriera.
Le apreté sus manos en señal de que lo haría,
pues ella estaba por morirse
y yo en un plan de prometerlo todo”
Juan Rulfo / Pedro Páramo
Febrero 3 de 2015
Escribir me calma. Empecé estas líneas porque leer las frases que robé de Peixoto, de Virginia Woolf, de Barthes y de Delphine de Vigan, me devolvió a las mismas lágrima de los días de agonía de mi madre. Mentira: no son las mismas. Ahora lloro su ausencia. Lloro por lo que es: yo viva mientras mi madre muerta. No hay nada extraordinario en ello, lloro por lo ordinario: no poder leerle mis páginas, no poder reírnos juntas, no más verla dormir. Me derrumbo por todo lo que no con ella. Todo lo demás existe y es posible, menos eso.
La extraño: es una verdad contundente y redonda que camina con su brazo férreo y punzante puesto sobre mi espalda. Y la forma con la que ahora miro a mamá en sus fotos, frente a mi escritorio, es otra distinta a la que traía puesta hace unos años que me lancé a escribir estos Retratos vivos de mamá. Mi mirada viva puesta sobre la melancolía de su ausencia hoy.